¿Quién decide cuando
tú decides?
Un recorrido por la
neurociencia contemporánea de la toma de decisiones
M. Sc. Noslen Herrera
Empecemos por una
escena muy ordinaria
Estás frente a la nevera abierta.
Hay yogur, hay huevos, hay algo de anoche que probablemente convendría tirar.
Miras unos segundos y coges los huevos.
Si te preguntara por qué, me
darías una razón: tenía hambre, quería proteína, el yogur estaba a punto de
caducar. Y la razón sería sincera. Pero también sería, casi con seguridad, una
reconstrucción. Un relato que tu cerebro armó después de que el brazo ya
se hubiera puesto en marcha.
Esa sospecha —que el narrador
consciente llega tarde a su propia historia— es una de las ideas más incómodas
y más malinterpretadas de la neurociencia de las últimas cuatro décadas.
Durante siglos, la filosofía occidental dio por hecho que dentro de nosotros
hay un «yo» unitario que delibera, sopesa y elige. Sobre esa intuición
construimos no solo nuestra psicología cotidiana, sino nuestros tribunales,
nuestra moral y nuestra idea de mérito personal.
La neurociencia no ha destruido
ese cuadro. Ha hecho algo más interesante: lo ha vuelto mucho más raro y mucho
más rico. Lo que aparece cuando miramos dentro no es un director de orquesta,
sino una orquesta sin director que, aun así, suena razonablemente bien.
Este artículo es un recorrido por
lo que sabemos, lo que creemos saber y lo que sigue en disputa. Y también —esto
importa— por lo que la evidencia no dice, porque en pocos campos se ha
exagerado tanto la conclusión como en este.
I. El experimento
que incomodó a la filosofía
Un punto girando en
una pantalla
En 1983, Benjamin Libet,
neurofisiólogo de la Universidad de California en San Francisco, publicó un
estudio de una simplicidad casi provocadora.
Sentó a unos voluntarios frente a
un osciloscopio donde giraba un punto luminoso, como la aguja de un reloj muy
rápido. La instrucción era mínima: flexiona la muñeca cuando quieras.
Ninguna señal, ningún ritmo, ninguna razón para moverse en un momento y no en
otro. Y una tarea añadida: recordar en qué posición estaba el punto en el
instante exacto en que sentiste por primera vez el impulso de moverte.
Mientras tanto, Libet registraba
dos cosas:
- El potencial de preparación (Bereitschaftspotential),
una lenta acumulación de actividad eléctrica sobre la corteza motora que
Kornhuber y Deecke habían descrito en 1965 y que precede a los movimientos
voluntarios.
- La activación muscular real de la muñeca,
mediante electromiografía.
El resultado se ha citado miles
de veces desde entonces. El potencial de preparación empezaba a subir unos 550
milisegundos antes del movimiento. Pero los participantes situaban su
intención consciente apenas 200 milisegundos antes.
Entre ambos, un hueco de
aproximadamente un tercio de segundo en el que el cerebro ya estaba preparando
el gesto y la consciencia todavía no se había enterado de nada.
Lo que Libet
concluyó (y lo que no)
Libet leyó el resultado de la
forma más directa posible: la iniciación de un acto voluntario empieza de
manera inconsciente. Primero el cerebro se pone en marcha; después la
consciencia se entera de que algo está pasando y lo interpreta como «he
decidido».
Conviene subrayar que Libet no
era un determinista militante. De hecho, propuso enseguida una vía de escape
para el libre albedrío: el veto consciente. Si la consciencia no inicia
el movimiento pero aparece unos 200 ms antes de que ocurra, todavía queda una
ventana de unos 100-150 ms en la que podría cancelarlo. No tendríamos free
will, decía medio en broma, pero sí free won't: libertad para no
hacer.
Es una idea elegante. También es
la parte de su trabajo que menos evidencia directa tiene.
Primer problema:
¿cuándo es «ahora»?
La crítica más obvia al diseño de
Libet tiene que ver con lo que se le pide al sujeto. Fíjate en la cadena de
operaciones:
- Prestar
atención a un punto que gira.
- Vigilar
introspectivamente tu propio estado mental.
- Recordar,
ya a posteriori, cuándo apareció el impulso.
- Traducir
ese recuerdo a una posición espacial en una pantalla.
Cada eslabón puede deformar la
medida. Daniel Dennett y Alfred Mele han insistido en que no está nada claro
que exista un instante puntual y reportable al que llamar «el momento de la
intención». La introspección temporal es notoriamente imprecisa, y sabemos que
el simple hecho de dirigir la atención hacia un evento altera cuándo creemos
que ocurrió.
Estudios posteriores lo
confirmaron: la atención, la expectativa y la práctica modifican tanto el
momento reportado como la amplitud del potencial de preparación. Lo que Libet
midió es más blando y más dependiente del contexto de lo que él supuso.
Segundo problema, y
este es más profundo: ¿qué es el potencial de preparación?
En 2012, Aaron Schurger, Jacobo
Sitt y Stanislas Dehaene propusieron una reinterpretación que cambió el terreno
de juego.
Su punto de partida fue
metodológico. El potencial de preparación clásico no se ve en un ensayo
individual: aparece cuando promedias cientos de ensayos alineándolos por el
momento del movimiento. Y ese procedimiento tiene una trampa estadística.
Piensa en la actividad de las
regiones motoras como el nivel de agua en un recipiente sometido a olas
aleatorias. Fluctúa constantemente hacia arriba y hacia abajo, sin ir a ninguna
parte. Cuando le pedimos a alguien que se mueva «cuando quiera», lo que hacemos
es bajar el borde del recipiente: basta con que una ola llegue lo bastante alto
para desbordar y disparar el movimiento.
Si ahora tomas solo los momentos
en que hubo desbordamiento y los alineas hacia atrás, verás siempre lo mismo:
una subida progresiva que culmina en el umbral. No porque haya habido una
preparación deliberada, sino porque has seleccionado precisamente los tramos
que subieron.
En este modelo —conocido como
modelo de acumulación estocástica hasta el umbral— la consciencia de querer
moverse aparece más o menos cuando el sistema cruza el umbral, no
después. La supuesta ventaja del cerebro sobre la mente sería, en buena medida,
un artefacto de promediado.
No es que Schurger «refutara» a
Libet. Es que mostró que los mismos datos admiten una lectura mucho menos
espectacular, en la que no hay ninguna decisión inconsciente esperando
escondida a que la consciencia se entere.
Punto
clave. El experimento de Libet demostró algo real: hay actividad cerebral
medible antes de que reportemos haber decidido. Lo que no demostró es que esa
actividad sea la decisión. Entre «el cerebro estaba haciendo algo» y «el
cerebro ya había decidido» hay un salto interpretativo enorme, y treinta años
de trabajo posterior han ido llenándolo de matices.
II. Siete segundos
antes: el experimento de Soon
Si Libet trabajaba con fracciones
de segundo, el estudio de Chun Siong Soon, Marcel Brass, Hans-Jochen Heinze y
John-Dylan Haynes, publicado en 2008 desde el Instituto Max Planck de Leipzig,
amplió la ventana hasta un rango que parece de ciencia ficción.
Los participantes, dentro de un
escáner de resonancia magnética funcional, debían elegir libremente pulsar un
botón con la mano izquierda o con la derecha, en el momento que quisieran, e
indicar después cuándo habían tomado la decisión. Aplicando técnicas de
decodificación multivariada —algoritmos que buscan patrones distribuidos de
actividad en lugar de mirar región por región—, el equipo consiguió predecir la
mano elegida hasta siete segundos antes de que el sujeto reportara haber
decidido (diez, si se tiene en cuenta el retraso de la señal hemodinámica).
La información predictiva estaba
sobre todo en dos lugares: la corteza frontopolar (área 10 de Brodmann),
asociada a la planificación abstracta, y regiones parietales mediales
implicadas en la intención motora.
Siete segundos es una eternidad
neuronal. Durante ese tiempo, los participantes creían sinceramente estar
esperando a decidirse.
Por qué el 60 % lo
cambia todo
Aquí llega el detalle que casi
nunca aparece en los titulares. La precisión de la predicción rondaba el 60
%. El azar puro daría 50 %.
Es un resultado estadísticamente
sólido y teóricamente interesante, pero está a años luz de «el cerebro ya lo
había decidido». Significa que, en cuatro de cada diez ensayos, la información
previa apuntaba en la dirección equivocada. Caben dos lecturas, probablemente
ambas ciertas en parte:
-
Esos patrones tempranos sesgan la
decisión sin determinarla; son un pulgar en la balanza, no un veredicto.
-
Nuestras herramientas de neuroimagen captan solo
una fracción de la información relevante, con una resolución temporal de
segundos y una señal indirecta.
Hay además una objeción de fondo
que planteó con claridad el filósofo Eddy Nahmias. A estos voluntarios se les
pide elegir arbitrariamente entre dos opciones idénticas, sin razones,
sin valores en juego y sin consecuencias. Es exactamente el tipo de elección
que menos se parece a las decisiones que nos importan.
Cuando decides si aceptas un
trabajo en otra ciudad, no estás generando ruido motor: estás integrando
memoria autobiográfica, proyecciones de futuro, obligaciones con otras personas
y una idea de quién quieres ser. Extrapolar de lo primero a lo segundo es como
estudiar el lenguaje analizando estornudos.
III. Decidir cuando
algo está en juego
Afortunadamente, no toda la
investigación se ha quedado en el botón izquierdo o derecho.
El circuito del valor. Los
trabajos de Brian Knutson en Stanford mostraron que el estriado ventral,
y en particular el núcleo accumbens, se activa durante la anticipación
de una ganancia, mientras que la ínsula anterior responde ante la
perspectiva de una pérdida. La magnitud de estas señales predice, con cierta
fiabilidad, si alguien va a asumir un riesgo económico antes incluso de que lo
declare.
Decidir con otros. Los
estudios de neurociencia social de Colin Camerer y colaboradores, usando juegos
como el ultimátum o los juegos de confianza, revelaron que la corteza
prefrontal ventromedial, el cingulado anterior y la ínsula realizan cálculos
sofisticados sobre equidad, intenciones ajenas y normas sociales. Esos cálculos
influyen en la conducta mucho antes de que el sujeto pueda articular por qué
una oferta le pareció «injusta».
Deliberar de verdad.
Investigaciones de Laurence Hunt y Timothy Behrens en Oxford han examinado
decisiones que requieren acumular evidencia a lo largo del tiempo. Ahí el
panorama es distinto: en la corteza prefrontal lateral y parietal, distintas
opciones se representan como atractores que compiten entre sí. La
decisión emerge cuando uno domina, en un proceso que puede alargarse,
interrumpirse y modularse desde arriba.
Esta es una diferencia crucial
que suele perderse en la divulgación. Las decisiones espontáneas sin
contenido y las decisiones deliberadas con contenido no tienen la misma firma
neuronal. Las segundas muestran control descendente (top-down) desde
regiones prefrontales, integración de información múltiple y una dinámica
temporal extendida. Sacar conclusiones sobre el libre albedrío a partir de
gente flexionando la muñeca en un laboratorio es, como mínimo, apresurado.
IV. Dos velocidades,
no dos personas
De dónde viene la
idea
En los años setenta, Daniel
Kahneman y Amos Tversky empezaron a documentar algo que la economía clásica no
quería mirar de frente: los seres humanos no calculamos, estimamos. Y estimamos
usando atajos —heurísticas— que funcionan sorprendentemente bien la mayor parte
del tiempo y fallan de maneras sistemáticas, repetibles y predecibles. El
trabajo valió a Kahneman el Nobel de Economía en 2002; Tversky había fallecido
en 1996.
De ahí nació el modelo que
Kahneman popularizó en Pensar rápido, pensar despacio:
Sistema 1. Rápido,
automático, sin esfuerzo, sin sensación de control voluntario. Produce
impresiones, intuiciones y corazonadas. Incluye tanto capacidades innatas
(reconocer una cara, detectar hostilidad en un tono de voz) como habilidades
muy entrenadas (leer, conducir por una carretera conocida).
Sistema 2. Lento,
laborioso, limitado en capacidad. Es el que asigna atención a tareas exigentes,
sigue reglas, compara alternativas y se siente como «yo pensando». Se agota.
Es una metáfora útil. Pero
Kahneman fue el primero en advertir que son ficciones útiles, no dos
módulos separados en el cráneo. No hay un Sistema 1 y un Sistema 2 con
domicilio propio. Hay redes solapadas que se reparten el trabajo de formas que
todavía estamos aprendiendo a describir.
La maquinaria de lo
automático
La vía rápida del miedo.
El trabajo de Joseph LeDoux identificó una ruta directa desde el tálamo
sensorial hasta la amígdala, sin pasar por la corteza. En roedores, esa vía
permite respuestas defensivas en unos 12-15 milisegundos, mucho antes de que el
procesamiento cortical haya identificado el estímulo. La imagen clásica es la
del bastón en el sendero: primero saltas, después ves que no era una serpiente.
Un matiz importante y poco
divulgado: el propio LeDoux lleva años insistiendo en que esos circuitos
producen respuestas defensivas, no la experiencia del miedo.
Sentir miedo, sostiene, requiere procesos corticales y consciencia. La amígdala
no es «el centro del miedo»; es parte de un sistema de detección y respuesta a
amenazas que puede funcionar sin que sintamos nada.
La fábrica de hábitos. Ann
Graybiel, en el MIT, ha descrito con detalle cómo los ganglios basales
convierten secuencias de acción en rutinas. Registrando neuronas individuales
en roedores que aprenden a recorrer un laberinto, observó un fenómeno llamado chunking:
al principio, las neuronas del estriado disparan a lo largo de toda la
secuencia; con la práctica, la actividad se concentra en el inicio y el final,
como si el cerebro empaquetara la rutina completa en una sola unidad con un
botón de «play».
El sistema dopaminérgico es el
instructor de ese proceso. Wolfram Schultz demostró que las neuronas
dopaminérgicas del área tegmental ventral y la sustancia negra no codifican
placer, sino error de predicción de recompensa: la diferencia entre lo
que esperabas y lo que obtuviste. Si algo sale mejor de lo previsto, se
refuerza la conducta que lo produjo. Es, literalmente, el algoritmo del
aprendizaje por refuerzo implementado en tejido biológico.
El sistema de relevancia.
Hipocampo (contexto y memoria), hipotálamo (estados corporales), cingulado
anterior (detección de conflicto): en conjunto evalúan continuamente qué del
entorno merece atención en función de tus necesidades y amenazas actuales,
sesgando lo que ves y lo que haces sin pedirte permiso.
La maquinaria del
control
Corteza prefrontal
dorsolateral (CPFDL). Los estudios de Earl Miller mostraron que sus
neuronas mantienen activas representaciones de reglas abstractas, objetivos y
contextos. Es lo que permite comportarse según una idea en lugar de según lo
que tienes delante. Cuando se daña, aparecen la perseveración (no poder cambiar
de estrategia), la distraibilidad y la dificultad para sostener varias cosas en
mente a la vez.
Corteza cingulada anterior
(CCA). Matthew Botvinick y Jonathan Cohen propusieron que actúa como un
detector de conflicto: avisa cuando las respuestas automáticas chocan entre sí
o con el objetivo, y convoca refuerzos prefrontales.
El ejemplo canónico es el efecto
Stroop. Lee en voz alta el color de estas palabras: ROJO escrito
en azul, VERDE escrito en amarillo. Notas la fricción. Esa fricción
tiene firma cerebral, y es la CCA quien la registra.
Corteza ventromedial y
orbitofrontal (CPFvm/COF). Aquí es donde el valor emocional entra en la
deliberación. No es la parte «fría» del razonamiento, sino la que representa
cuánto vale algo para ti e integra recompensa, castigo y consecuencias
sociales. Cuando se lesiona, la inteligencia se conserva y el juicio se
derrumba. Volveremos a esto enseguida.
Por qué la dicotomía
se queda corta
Tres hallazgos han complicado —y
mejorado— el modelo:
Procesamiento en paralelo con
integración competitiva. El trabajo de Paul Glimcher sugiere que varias
regiones calculan simultáneamente el valor de una opción usando algoritmos
distintos: unas basadas en hábitos, otras en modelos del mundo, otras en normas
sociales. La conducta final no es el veredicto de un juez, sino el resultado de
una votación ponderada entre sistemas que no siempre coinciden.
Control proactivo frente a
reactivo. Todd Braver distingue entre mantener el objetivo activo por
adelantado (proactivo: caro pero eficaz) y movilizar el control solo cuando ya
hay problema (reactivo: barato pero tardío). El envejecimiento, la falta de
sueño y la fatiga mental desplazan a la gente hacia el modo reactivo. Es una de
las razones por las que decidimos peor a las once de la noche.
La deliberación se automatiza.
Este es, quizá, el punto más liberador. Anders Ericsson documentó que la
pericia no consiste en pensar más rápido, sino en haber construido
representaciones tan ricas en memoria a largo plazo que el reconocimiento
sustituye al cálculo. El ajedrecista experto no evalúa más jugadas: ve menos,
pero ve las buenas.
Dicho de otro modo: lo que hoy
exige tu Sistema 2 puede convertirse mañana en Sistema 1. La frontera no es
fija. Es el resultado de tu historia.
Punto
clave. No hay dos mentes peleando dentro de tu cabeza. Hay muchos procesos
calculando a la vez, a distintas velocidades y con distintos criterios, y solo
algunos de sus resultados llegan a hacerse conscientes. La práctica deliberada
puede mover trabajo de un lado al otro de esa frontera.
V. Las emociones no
son el enemigo
La barra de hierro
de Phineas Gage
En septiembre de 1848, una
explosión prematura lanzó una barra de hierro de más de un metro a través de la
cabeza de Phineas Gage, capataz de una cuadrilla ferroviaria en Vermont. Entró
bajo el pómulo izquierdo y salió por la parte superior del cráneo. Gage
sobrevivió, caminó hasta el carro y llegó consciente al médico.
Lo que no sobrevivió intacto fue
su carácter. Los informes de la época —conviene decir que fragmentarios y
probablemente exagerados con los años— describen a un hombre antes responsable
y comedido que se volvió impulsivo, socialmente torpe e incapaz de sostener un
plan.
Antonio Damasio, reconstruyendo
la trayectoria de la barra a partir del cráneo conservado, situó el daño
principal en la corteza prefrontal ventromedial de ambos hemisferios. Y
eso lo llevó a un programa de investigación que cambiaría cómo entendemos la
relación entre emoción y razón.
Elliot: inteligencia
intacta, vida en ruinas
El caso que Damasio describe con
el seudónimo de «Elliot» es más informativo que el de Gage, porque pudo
estudiarlo en vivo.
Elliot era un empresario
competente con familia y una carrera sólida. Un tumor cerebral y su extirpación
dañaron su corteza ventromedial. Después de la operación, todas las pruebas
neuropsicológicas estándar salían normales: cociente intelectual, memoria,
lenguaje, atención, razonamiento lógico. Podía analizar un problema, generar
opciones sensatas y describir con precisión las consecuencias de cada una.
Y sin embargo su vida se
desmoronó. Inversiones desastrosas, divorcios encadenados, incapacidad para
terminar tareas triviales. Podía pasar una tarde entera clasificando documentos
según criterios irrelevantes sin advertir que estaba perdiendo el día.
Lo que más impresionó a Damasio
fue otra cosa: Elliot hablaba de su propio naufragio sin emoción alguna.
Como quien comenta el argumento de una película. Sabía qué había perdido; no le
dolía.
La hipótesis del
marcador somático
De ahí surgió, en El error de
Descartes (1994), la propuesta más conocida de Damasio. En versión
resumida:
- Las
experiencias dejan huella corporal. Cuando algo sale bien o mal, el
sistema límbico y las cortezas somatosensoriales registran el estado
corporal asociado: cambios en el ritmo cardíaco, en la conductancia de la
piel, en las vísceras.
- La
ventromedial archiva la asociación. Es un punto de convergencia donde
se enlazan representaciones de situaciones con representaciones de estados
corporales.
- Esas
huellas vuelven cuando decides. Ante una situación parecida, el
marcador se reactiva y produce una señal corporal —a menudo por debajo del
umbral de la consciencia— que etiqueta ciertas opciones como prometedoras
o peligrosas.
- No
deciden por ti: podan el árbol. El marcador somático no dicta la
elección; reduce drásticamente el espacio de búsqueda para que la
deliberación consciente sea viable. Sin ese filtro, analizar racionalmente
todas las opciones de cualquier decisión real sería computacionalmente
imposible.
La Tarea de Juego de
Iowa
Para poner a prueba la idea,
Antoine Bechara y el equipo de Damasio diseñaron un juego de cartas.
Cuatro mazos: A, B, C y D. En
cada turno eliges uno y ganas o pierdes dinero ficticio. Lo que el participante
no sabe es que A y B son trampas: dan premios grandes pero castigos ocasionales
devastadores, y a la larga arruinan. C y D dan premios modestos y castigos
pequeños, y a la larga son rentables.
Los resultados publicados en Science
en 1997 fueron llamativos:
-
Participantes sanos. Hacia la carta 40-50
empiezan a preferir los mazos buenos. Y algo antes —esta era la joya del
hallazgo— ya muestran respuestas de conductancia de la piel al acercar la mano
a los mazos malos, sin poder explicar todavía por qué. Es el llamado período
de corazonada: el cuerpo lo sabe antes que el discurso.
-
Pacientes con lesión ventromedial. Siguen
eligiendo mazos ruinosos indefinidamente y no desarrollan esas respuestas
anticipatorias. Algunos llegan a decir en voz alta que A y B son malos… y aun
así siguen cogiendo de A y B.
Ese último detalle es lo más
revelador de todo el paradigma: saber no basta. Sin la señal corporal
que le da peso al conocimiento, la información correcta no mueve la conducta.
Lo que la hipótesis
debe a sus críticos
Sería deshonesto presentar esto
como ciencia cerrada. La hipótesis del marcador somático ha recibido objeciones
serias, y son parte de su valor:
Replicación. Varios grupos
no han encontrado respuestas anticipatorias de la piel de forma consistente. Y
trabajos como los de Tiago Maia y James McClelland (2004) mostraron que, si
preguntas a los participantes con cuestionarios más finos que los originales,
muchos sí saben conscientemente qué mazos son malos antes de lo que el
estudio de 1997 sugería. El «período de corazonada» podría ser más corto de lo
que se creyó.
Explicaciones alternativas.
Investigadores como Nathaniel Daw y Yael Niv han propuesto que los déficits
tras lesión ventromedial reflejan un problema de aprendizaje por refuerzo
basado en modelos: dificultad para simular estados futuros y calcular su
valor esperado. No haría falta invocar marcadores corporales para explicarlo.
Anatomía más fina. La
ventromedial no es una sola cosa. Las porciones más anteriores parecen
implicadas en prospección e imaginación de escenarios; las más posteriores
están más directamente conectadas con el procesamiento visceral.
Con todo, el núcleo del argumento
ha resistido bien, y ha cambiado el paradigma: las emociones no son ruido
que estropea el pensamiento claro. Son parte del mecanismo de valoración sin el
cual el pensamiento claro no llega a ninguna parte. La razón pura, aplicada
a la vida real, no produce sabiduría: produce parálisis.
VI. El precio de la
velocidad: los sesgos
Si el Sistema 1 es tan bueno,
¿por qué falla tanto? Porque velocidad y precisión se compran con la misma
moneda, y la evolución eligió velocidad.
Kahneman y Tversky catalogaron
docenas de desviaciones sistemáticas respecto a lo que la lógica prescribe. No
son errores aleatorios: son las huellas dactilares del mecanismo. Estos son
cinco de los más consecuentes.
1. Disponibilidad:
lo que recuerdas fácil te parece frecuente
Juzgamos la probabilidad de algo
por la facilidad con que se nos ocurren ejemplos. Después de un accidente aéreo
con cobertura mediática intensa, la gente sobreestima el riesgo de volar
durante semanas, aunque las cifras no hayan cambiado.
Por qué ocurre: la
facilidad de recuperación depende de la carga emocional (la amígdala modula la
consolidación hipocampal, y lo emocional se graba mejor), de lo reciente y de
lo distintivo. El cerebro usa la fluidez de recuperación como sustituto de la
frecuencia real. Suele funcionar. Con los medios de comunicación modernos, deja
de funcionar.
2. Anclaje: el
primer número contamina todos los demás
Si te pregunto si Gandhi murió
antes o después de los 140 años, y después te pido que estimes su edad al
morir, tu estimación será más alta que la de alguien a quien pregunté por los 9
años. Ambos anclajes son absurdos. Da igual.
Los trabajos de Thomas Mussweiler
sugieren que el mecanismo es doble: partimos del ancla y ajustamos
insuficientemente, y además el ancla activa selectivamente información
compatible con ella. Es decir, no solo calculamos mal: buscamos mal.
Aplicación inmediata: en
cualquier negociación, quien pone la primera cifra tiene ventaja estructural.
Saberlo no te inmuniza, pero te permite decidir si prefieres hablar primero.
3. Aversión a la
pérdida: perder cien duele más de lo que alegra ganar cien
La asimetría es de
aproximadamente 2 a 1. Es la razón por la que la gente conserva acciones que
caen (para no «realizar» la pérdida) y vende demasiado pronto las que suben.
Aquí conviene una corrección que
rara vez se hace. Durante años se contó que la aversión a la pérdida tenía un
circuito propio: ínsula para las pérdidas, estriado para las ganancias. El
estudio de Tom, Fox, Trepel y Poldrack (2007) apuntó a algo distinto y más
elegante: un único sistema de valoración —estriado ventral y prefrontal
ventromedial— cuya actividad aumenta con las ganancias y cae más
pronunciadamente con pérdidas del mismo tamaño. No hay dos circuitos
enfrentados. Hay una curva torcida.
4. Confirmación: el
cerebro huye de lo que lo contradice
Buscamos, interpretamos y
recordamos información de forma que confirme lo que ya creemos. Raymond
Nickerson lo llamó, con razón, el sesgo más ubicuo y potencialmente más dañino
de todos.
Los estudios de neuroimagen sobre
procesamiento de información políticamente contraria muestran un patrón
coherente: activación en ínsula anterior y cingulado (señales de malestar) y
menor reclutamiento de las regiones prefrontales asociadas al análisis. En
cierto sentido, el cerebro trata la contradicción como una amenaza antes de
tratarla como un dato.
5. Encuadre: la
misma cosa, dos ropas distintas
El problema clásico de la
«enfermedad asiática» de Tversky y Kahneman: ante un brote que matará a 600
personas, si presentas las opciones en términos de vidas salvadas, la
gente prefiere la opción segura; si las presentas en términos de muertes,
prefiere la arriesgada. Las opciones son matemáticamente idénticas.
La conclusión es incómoda y
profunda: no decidimos sobre el mundo, decidimos sobre nuestra
representación del mundo. Y esa representación la construye, en buena
medida, quien formula la pregunta.
¿Por qué evolucionó
todo esto?
Tres respuestas que se
complementan:
Economía. Las heurísticas
son baratas. Gerd Gigerenzer, desde su programa de racionalidad ecológica,
insiste en que muchas son óptimas dado el entorno para el que se diseñaron y la
información realmente disponible. El problema no es la heurística: es el
desajuste entre el entorno ancestral y el actual.
Costes de error asimétricos.
Confundir el viento entre la hierba con un depredador cuesta un susto.
Confundir un depredador con el viento cuesta la vida. Un sistema bien calibrado
para ese entorno debe producir muchos falsos positivos. Los llamamos
supersticiones.
Desajuste evolutivo. El
gusto por el azúcar y la grasa era adaptativo cuando eran escasos. Nuestra
torpeza intuitiva con las probabilidades no era un problema cuando casi ninguna
decisión requería razonamiento probabilístico explícito. Ahora sí.
¿Se puede corregir?
Lo que funciona y lo que no
Formación específica: funciona
a medias. Richard Nisbett mostró que cursos de estadística y metodología
mejoran el razonamiento causal, con efectos que persisten años. Pero la
transferencia entre dominios es floja: hay estadísticos excelentes que caen en
el sesgo de disponibilidad cuando eligen colegio para sus hijos.
Feedback: funciona si es
rápido y claro. El jugador de póquer profesional desarrolla intuiciones
probabilísticas afinadas porque recibe miles de resultados nítidos. El
pronosticador económico o el médico que diagnostica enfermedades de curso lento
reciben feedback ambiguo y tardío, y la experiencia allí no mejora la
precisión: aumenta la confianza. Que es peor.
Sacar al humano del bucle:
funciona más de lo que nos gusta. Paul Meehl documentó durante décadas que
fórmulas actuariales simples superan sistemáticamente al juicio experto en
predicción, desde selección de personal hasta reincidencia. La resistencia a
usarlas dice más de nuestro apego a la intuición que de la calidad de la
intuición.
Arquitectura de elección:
prometedora, pero con asterisco. Richard Thaler y Cass Sunstein propusieron
rediseñar el entorno en lugar de reparar a la persona: si la inscripción
automática en un plan de ahorro es la opción por defecto, la participación se
dispara. La idea es sólida. Ahora bien, revisiones recientes de la literatura
sobre nudges han encontrado sesgo de publicación considerable, y el
tamaño medio del efecto es bastante menor de lo que sugirió la primera ola de
entusiasmo. Los defaults funcionan; muchas otras intervenciones más sutiles,
mucho menos.
Punto
clave. No puedes eliminar tus sesgos por fuerza de voluntad, del mismo modo
que no puedes dejar de ver una ilusión óptica sabiendo que lo es. Lo que sí
puedes hacer es diseñar procedimientos —listas de verificación, criterios
fijados de antemano, opiniones independientes antes de la discusión— que no
dependan de tu buen juicio en el momento.
VII. Entonces, ¿para
qué sirve la consciencia?
Si tanto trabajo ocurre sin
nosotros, la pregunta es inevitable. Hay tres marcos teóricos serios que
intentan responderla.
El espacio de
trabajo global
Bernard Baars propuso en los
ochenta una imagen que ha resultado enormemente productiva: la consciencia como
un escenario iluminado. Bajo el escenario trabajan cientos de
especialistas inconscientes —reconocimiento facial, sintaxis, orientación
espacial, evaluación emocional—, cada uno excelente en lo suyo y sordo a los
demás. Subir al escenario significa que tu resultado se difunde al resto
del sistema.
Stanislas Dehaene y Jean-Pierre
Changeux le dieron una implementación neuronal concreta: una red de neuronas
con axones de largo alcance, especialmente densa en corteza prefrontal,
cingulado y parietal. Cuando la actividad local logra reclutar esa red, se
produce lo que llaman ignición: una amplificación súbita, no gradual,
que sincroniza áreas distantes.
La evidencia más limpia viene de
los experimentos de enmascaramiento visual. Se muestra una palabra durante 29
milisegundos y se tapa inmediatamente con una máscara. El sujeto jura no haber
visto nada. Pero el registro electrofisiológico cuenta otra historia:
-
Hasta unos 200 ms: la actividad recorre
la misma secuencia —corteza visual, áreas de procesamiento de palabras— tanto
si la palabra se ve conscientemente como si no. La palabra invisible se
procesa, e incluso activa su significado.
-
A partir de unos 270-300 ms: las
trayectorias divergen radicalmente. Cuando hay consciencia, una ola de
actividad se propaga hacia regiones frontales y parietales, con aumento de
conectividad de largo alcance y sincronización. Cuando no la hay, esa ignición
simplemente no ocurre.
Traducido a la toma de
decisiones: los procesos inconscientes pueden calcular muchísimo, pero solo lo
que accede al espacio global puede combinarse flexiblemente con otra cosa,
sostenerse en memoria de trabajo, comunicarse a otros y usarse para guiar una
acción nueva para la que no hay rutina previa.
La información
integrada (y su polémica)
Giulio Tononi propuso una teoría
mucho más ambiciosa: definir la consciencia en términos físicos mediante una
cantidad, Φ (phi), que mide cuánta información genera un sistema como un
todo, por encima de lo que generan sus partes por separado.
La intuición de fondo es que una
experiencia consciente es a la vez extremadamente específica (esta escena y no
otra de entre billones posibles) y absolutamente unificada (no puedes vivir el
color de esta página aparte de su forma). Un sistema que instancie esa
estructura causal, dice Tononi, será consciente en proporción a su Φ.
Las
consecuencias son deliciosamente incómodas: un cerebro con las mismas neuronas
pero sin conexiones de largo alcance tendría Φ ≈ 0; un fotodiodo tendría un Φ
mínimo pero no nulo; y un ordenador digital convencional podría ser
inteligentísimo y aun así casi no consciente, por tener una arquitectura
demasiado modular.
Conviene ser transparente sobre
el estatus de esta teoría. Es matemáticamente sofisticada, tiene defensores de
primer nivel y ha generado predicciones contrastables. También ha recibido
críticas duras —incluida una carta abierta firmada en 2023 por más de un
centenar de investigadores que cuestionaba si es siquiera falsable en su forma
actual—. Es un programa vivo y disputado, no un consenso.
El cerebro que
predice
El tercer marco, desarrollado por
Karl Friston, Andy Clark y Anil Seth, invierte la dirección del flujo. El
cerebro no sería principalmente un receptor de información, sino un generador
de hipótesis.
Cada nivel de la jerarquía
cortical predice lo que debería estar recibiendo del nivel inferior. Lo que
sube no es «la señal», sino el error de predicción: la parte que la
predicción no supo anticipar. Percibir es que una hipótesis gane. Aprender es
corregir el modelo que falló.
Seth lo resume con una frase que
se ha hecho famosa: la percepción es una alucinación controlada,
controlada por el mundo. Lo que experimentas no es el input sensorial, sino la
mejor explicación que tu cerebro tiene de él.
Y decidir, en este marco, es inferencia
activa: en lugar de solo actualizar el modelo para que encaje con el mundo,
actúas sobre el mundo para que encaje con el modelo. Tienes hambre; predices la
sensación de haber comido; actúas hasta que la predicción se cumpla.
Este marco difumina la frontera
entre percepción y acción, y también entre consciente e inconsciente: todo es
predicción, y solo algunas hipótesis alcanzan la precisión y estabilidad
necesarias para hacerse reportables.
Punto
clave. Ninguna de las tres teorías dice que la consciencia sea decorativa.
Dicen que hace un trabajo específico —integrar, difundir, estabilizar la mejor
hipótesis— que los módulos automáticos, por buenos que sean en lo suyo, no
pueden hacer solos.
VIII. El libre
albedrío: primero, aclaremos qué preguntamos
Buena parte del ruido en este
debate viene de que la gente discute apasionadamente usando la misma palabra
para tres cosas distintas.
(a) Libre albedrío libertario.
¿Podrías haber hecho otra cosa con exactamente el mismo estado físico del
universo? Requiere indeterminismo y alguna forma de causalidad del agente
irreductible a la física. La neurociencia no puede zanjarlo, y probablemente
ninguna ciencia pueda.
(b) Libre albedrío
compatibilista. ¿Actúas según tus propios deseos, creencias y valores, sin
coacción externa? Esto es compatible con que esos estados mentales estén
causalmente determinados.
(c) Control consciente.
¿Tiene la consciencia poder causal sobre la conducta, o es un espectador que se
atribuye el mérito?
La neurociencia habla, sobre
todo, de (c). Y casi todo el escándalo mediático consiste en presentar
hallazgos sobre (c) como si resolvieran (a).
La posición
escéptica
Sam Harris ha defendido
públicamente que el libre albedrío es una ilusión, con un argumento que en
esencia dice: cada pensamiento y decisión está causado por eventos neuronales
previos que tú no elegiste; por tanto, no puedes ser el autor último de nada.
Derk Pereboom desarrolla una
versión filosóficamente más cuidadosa: podemos ser agentes en algún sentido
—nuestras acciones expresan nuestro carácter—, pero no somos agentes últimos,
porque no elegimos ni nuestro carácter inicial ni las circunstancias que lo
formaron.
La evidencia que suele citarse:
Libet, Soon, los cambios de personalidad tras lesión frontal, las anomalías
cerebrales en poblaciones penitenciarias, los efectos de la estimulación
magnética transcraneal y de ciertos fármacos sobre la conducta.
Tres problemas con
esa posición
Confusión conceptual. El
argumento supone que «libre» significa «no causado». Pero una decisión no
causada sería aleatoria, no libre. Si tu elección de carrera hubiera
surgido de la nada, sin relación con tus valores ni tu historia, no sería más
tuya: sería menos. La libertad que nos importa moralmente exige que las
acciones estén causadas por nuestras razones.
Salto lógico. De «la
consciencia no inicia todo el procesamiento» no se sigue «la consciencia no
hace nada». Nadie diría que un director de cine no influye en la película
porque no operó las cámaras.
Exigencia imposible. Pedir
que seamos «causas primeras incausadas» fija un listón que ningún ser físico
puede alcanzar. Si ese es el criterio, el libre albedrío es imposible por
definición, y entonces la neurociencia sobra en la conversación.
La respuesta
compatibilista
Daniel Dennett y Alfred Mele,
entre otros, proponen cambiar la pregunta. Lo relevante no es si podríamos
haber hecho otra cosa con la misma física, sino si somos el tipo de sistema que
responde a razones, aprende de la experiencia y modula su conducta mediante
deliberación.
Mele distingue tres tipos de
control:
-
Control próximo: mis actos fueron
causados por mis estados mentales actuales.
-
Control histórico: esos estados fueron
moldeados por deliberaciones pasadas, hábitos que cultivé y decisiones que
tomé.
-
Control último: soy la causa primera
incausada de mí mismo.
Solo el tercero es imposible. Y
solo los dos primeros hacen falta para la responsabilidad moral tal como
realmente la practicamos.
La consciencia, en este marco,
tiene funciones causales concretas y verificables:
-
Vetar. Lo señaló el propio Libet: hay una
ventana para inhibir.
-
Deliberar en el tiempo. Sostener varias
consideraciones a la vez, simular consecuencias, comparar.
-
Metacognición. Evaluar tus propios
procesos, detectar que estás decidiendo con hambre y sueño, y aplazar.
-
Formar carácter. Esta es la más
importante y la que más se ignora. A través de atención sostenida y práctica,
decides hoy qué automatismos tendrás dentro de cinco años. Tu Sistema 1 futuro
es, en parte, obra de tu Sistema 2 presente.
La agencia es un
gradiente, no un interruptor
Quizá la conclusión más útil de
todo el debate es esta: no todas las conductas expresan el mismo grado de
agencia.
|
Tipo de conducta
|
Agencia presente
|
Agencia histórica
|
|
Reflejo (parpadeo, retirada)
|
Nula
|
Nula
|
|
Hábito automatizado
|
Mínima
|
Alta
|
|
Acto impulsivo bajo emoción
intensa
|
Baja
|
Variable
|
|
Decisión deliberada con tiempo
|
Alta
|
Alta
|
Nuestras prácticas morales,
cuando funcionan bien, ya son sensibles a este gradiente. No juzgamos igual un
estornudo que un insulto, ni un insulto en caliente que una campaña de
difamación planificada durante meses.
Un apunte sobre
creer o no creer en el libre albedrío
Un giro curioso: en 2008,
Kathleen Vohs y Jonathan Schooler hicieron que unos participantes leyeran
textos que negaban el libre albedrío y observaron que después hacían más
trampas y mostraban menos autocontrol. El hallazgo se citó durante años como
prueba de que el determinismo es socialmente peligroso.
Hay que actualizarlo. Réplicas
multicéntricas posteriores, con muestras mucho mayores, no han encontrado el
efecto o lo han encontrado tan pequeño que resulta indistinguible del
ruido. Es un ejemplo casi perfecto de la crisis de replicación en psicología
social, y merece contarse así.
Lo que sí parece más robusto es
algo distinto y más sutil: creer que puedes cambiar —que el esfuerzo
modifica resultados— predice mejor la conducta que cualquier posición
metafísica sobre la causalidad. No hace falta resolver el problema del libre
albedrío para vivir como si tus decisiones importaran. Entre otras cosas,
porque importan.
IX. Lo que esto
significa para la culpa y el castigo
La neurociencia ya entra en los
tribunales. En Estados Unidos, la defensa presenta con frecuencia pruebas de
tumores, lesiones o anomalías estructurales como factores atenuantes.
El caso más citado es Roper v.
Simmons (2005), en el que el Tribunal Supremo estadounidense prohibió la
pena de muerte para menores de edad. Entre los argumentos figuraba la evidencia
de que la corteza prefrontal no termina de madurar hasta bien entrada la
veintena, lo que reduce la capacidad de control de impulsos y de consideración
de consecuencias a largo plazo.
Dos modelos en
tensión
Retributivo. El castigo se
justifica por el merecimiento moral. Si elegiste libremente hacer daño, mereces
un castigo proporcional. Los datos cerebrales solo importan si demuestran
incapacidad severa.
Consecuencialista. El
castigo se justifica solo por sus efectos: disuasión, incapacitación,
rehabilitación, protección. Aquí la información cerebral es enormemente
relevante, porque ayuda a predecir qué intervenciones funcionarán.
Joshua Greene ha argumentado que
deberíamos migrar hacia el segundo modelo, sosteniendo que las intuiciones
retributivas son emociones morales evolucionadas —indignación, deseo de
venganza— que fueron útiles para sostener la cooperación en grupos pequeños,
pero que no constituyen un fundamento válido para la justicia en sociedades
complejas.
Stephen Morse responde, con
razón, que ahí hay un salto lógico: que una intuición tenga origen evolutivo no
la invalida (también lo tiene nuestra aversión al incesto, y nadie propone
revisarla por eso). Y añade un argumento consecuencialista a favor del retributivismo:
un sistema que ignore por completo el sentido común de merecimiento pierde
legitimidad social y empuja hacia la venganza privada.
El criterio que sí
es operativo: capacidades
Entre neurocientíficos y
filósofos del derecho hay un consenso creciente en desplazar la pregunta desde
la metafísica hacia capacidades concretas y evaluables:
-
Racionalidad: ¿comprendía el sujeto qué
hacía y qué consecuencias tenía?
-
Control: ¿podía modular su conducta según
razones?
-
Sensibilidad a razones: ¿habría cambiado
su comportamiento ante normas, incentivos o apelaciones morales?
-
Comprensión moral: ¿entendía el carácter
moral de la acción?
Y hay cuadros clínicos donde
estas capacidades están genuinamente comprometidas:
-
Demencia frontotemporal. La degeneración
frontal y temporal anterior produce desinhibición, pérdida de empatía y
conducta antisocial en personas sin ningún historial previo. La capacidad de
responder a razones morales está dañada en su base.
-
Psicopatía. Hay alteraciones documentadas
en amígdala y ventromedial. Pero el debate sigue abierto: si el psicópata
comprende intelectualmente lo correcto y lo incorrecto, ¿basta eso para la
responsabilidad, o hace falta también sentirlo?
-
Síndrome de Tourette grave. Los tics son
involuntarios, pero muchos pacientes pueden suprimirlos temporalmente a costa
de un esfuerzo creciente. El control es parcial y agotable, lo que complica
cualquier juicio binario.
El dilema de la
medicalización
Si la conducta criminal refleja
disfunción cerebral, ¿deberíamos tratarla en vez de castigarla?
A favor: más humano,
potencialmente más eficaz contra la reincidencia, más coherente con lo que
sabemos.
En contra, y no es trivial:
convierte al infractor en objeto averiado en lugar de agente moral, abre la
puerta al abuso (tratamiento forzoso como control social), puede resultar más
invasivo que la pena tradicional (medicación obligatoria, terapia sin plazo
definido) y hace muy difícil trazar la línea entre enfermedad exculpatoria y
maldad culpable.
David Eagleman propone un enfoque
«orientado hacia delante» que evita la pregunta metafísica: no preguntar cuánto
merece alguien, sino cuánto puede modificarse su conducta. Si hay
intervenciones eficaces, se aplican. Si no las hay, la restricción de libertad
se justifica por protección social, no por merecimiento.
Es una propuesta seria, y también
inquietante. Deja fuera algo que las víctimas suelen necesitar: el
reconocimiento público de que lo que se hizo estuvo mal.
X. La buena noticia:
nada de esto está fijado
Todo lo anterior podría leerse
con pesimismo. Sería un error, porque falta la pieza más importante: el
cerebro que toma tus decisiones es el resultado acumulado de tus decisiones
anteriores.
Cómo cambia el
tejido
Plasticidad sináptica.
Timothy Bliss y Terje Lømo describieron en 1973 la potenciación a largo plazo
(LTP): la actividad repetida fortalece las conexiones. Es la implementación de
la regla que Donald Hebb había anticipado: las neuronas que se activan juntas
terminan conectadas.
Neurogénesis adulta. Aquí
toca honestidad. Que el hipocampo adulto genere neuronas nuevas es un hallazgo
apasionante en roedores y bien establecido. En humanos, la cuestión está
genuinamente disputada: en 2018 se publicaron en revistas de primer nivel dos
estudios con conclusiones opuestas, uno afirmando que la neurogénesis cae a
niveles indetectables en la adolescencia y otro que persiste hasta la vejez. La
discrepancia parece deberse en buena parte a diferencias metodológicas en la
preservación del tejido. Quien te lo cuente como un hecho cerrado, en
cualquiera de las dos direcciones, se está adelantando.
Plasticidad estructural.
El caso más citado es el de Eleanor Maguire con los taxistas de Londres, que
deben memorizar una de las geografías urbanas más endiabladas del mundo para
obtener la licencia. Su hipocampo posterior es mayor que el de controles
equiparables, y el tamaño correlaciona con los años de experiencia. Estudios
longitudinales posteriores confirmaron que el cambio ocurre durante el
entrenamiento, no antes: no es que los taxistas nazcan así.
El viaje de la
deliberación al automatismo
El modelo clásico de Fitts y
Posner describe tres etapas, y cualquiera que haya aprendido a conducir las
reconoce:
- Cognitiva.
Todo requiere atención consciente. Es lento, torpe y agotador. Depende de
memoria de trabajo prefrontal. (Primeras clases: el embrague te ocupa la
mente entera.)
- Asociativa.
Más fluidez, menos errores, menos carga atencional. El trabajo empieza a
migrar hacia atrás y hacia abajo.
- Autónoma.
Ejecución rápida, resistente a la interferencia, implementada sobre todo
en circuitos sensoriomotores, ganglios basales y cerebelo. (Ahora conduces
mientras mantienes una conversación.)
Los estudios longitudinales con
resonancia funcional durante el entrenamiento en tareas nuevas muestran siempre
el mismo patrón: activación prefrontal intensa al principio, disminución
progresiva de esa activación y desplazamiento hacia regiones especializadas,
hasta que queda un patrón compacto con supervisión prefrontal solo ocasional.
Eso es, literalmente, un proceso
consciente convirtiéndose en inconsciente. Y libera recursos: cada automatismo
que construyes es capacidad prefrontal que queda disponible para otra cosa.
Entrenar la
metacognición
Richard Davidson y otros han
estudiado durante décadas qué le hace la meditación al cerebro. Los hallazgos
en meditadores de muy larga trayectoria (más de 10.000 horas) incluyen mayor
acoplamiento funcional entre prefrontal y amígdala —mejor regulación emocional—
y patrones de sincronía gamma inusuales durante la meditación compasiva.
Sobre las intervenciones breves
conviene ser más prudente de lo que suele hacerse. Los estudios iniciales con
programas de ocho semanas tipo MBSR reportaron cambios en densidad de materia
gris en amígdala e hipocampo. Un ensayo posterior amplio y bien controlado, con
grupo de control activo, no logró replicar esos cambios estructurales.
Lo que sí aparece con más consistencia son mejoras funcionales: atención
sostenida, flexibilidad atencional, menor rumiación, menor reactividad al
estrés.
Que es, por cierto, lo que
importa. Los mecanismos plausibles no requieren que te crezca ninguna
estructura:
-
Monitoreo metacognitivo: darte cuenta de
lo que tu mente está haciendo sin quedar absorbido en ello.
-
Desacoplamiento del automatismo: meter
una cuña entre el estímulo y la respuesta. Ese espacio es, en la práctica, casi
todo lo que llamamos autocontrol.
-
Reapreciación emocional: cambiar la
relación con la emoción —aceptarla y observarla— en lugar de suprimirla, que es
notoriamente contraproducente.
Los límites, que
también existen
Períodos críticos. Para la
fonología de una lengua nativa, la visión binocular o ciertos aspectos de la
gramática, hay ventanas temporales tras las cuales el aprendizaje es mucho más
costoso o directamente imposible.
Restricciones arquitectónicas.
No vas a desarrollar ecolocalización de murciélago ni visión ultravioleta por
mucho que entrenes.
Coste metabólico.
Remodelar circuitos es caro y potencialmente disruptivo. El cerebro equilibra
permanentemente plasticidad (adaptarse) y estabilidad (no perder lo aprendido).
Un cerebro infinitamente plástico sería un cerebro sin identidad.
Punto
clave. No controlas lo que aparece en tu mente. Sí influyes, a lo largo del
tiempo y con práctica deliberada, en qué cosas aparecen. Esa es una forma de
libertad más lenta y menos épica que la que imaginaba la filosofía clásica,
pero es real y es medible.
XI. Lo que todavía
no sabemos (y conviene decir en voz alta)
Cualquier artículo divulgativo
honesto sobre neurociencia debería incluir una sección como esta.
Las herramientas
tienen límites duros
-
Resonancia funcional. Buena resolución
espacial (2-3 mm), mala resolución temporal (segundos). Y no mide actividad
neuronal: mide flujo sanguíneo, asumiendo un acoplamiento neurovascular que no
siempre es constante.
-
EEG y MEG. Resolución temporal exquisita
(milisegundos), localización espacial pobre. Sufren el llamado problema
inverso: infinitas configuraciones internas pueden producir el mismo patrón en
la superficie del cráneo.
-
Registro intracraneal. Excelente en ambas
dimensiones, pero limitado a pacientes neuroquirúrgicos, con cobertura parcial
y decidida por criterios clínicos, no científicos.
El problema de la
inferencia inversa
Russell Poldrack lo formuló con
claridad y sigue siendo la advertencia más necesaria del campo: que una
región se active durante una tarea no significa que sea necesaria ni específica
para esa tarea.
La ínsula se activa en centenares
de contextos distintos. Decir «se activó la ínsula, luego el sujeto sintió
asco» es tan sólido como decir «hay coches en la calle, luego es hora punta».
Buena parte de la neurociencia popular de los últimos veinte años ha consistido
en cometer este error con entusiasmo.
Validez ecológica
Decidir tumbado e inmóvil dentro
de un tubo ruidoso, aislado de todo estímulo social, pulsando botones sobre
opciones sin consecuencias, no se parece mucho a decidir. Los laboratorios
ganan control a costa de realismo, y ese es un intercambio legítimo, pero hay
que recordarlo al generalizar.
Y las preguntas
grandes siguen abiertas
El problema difícil. David
Chalmers distinguió entre los problemas «fáciles» —explicar cómo el cerebro
discrimina, integra, informa, controla— y el problema difícil: por qué todo eso
viene acompañado de experiencia subjetiva. En los primeros hemos avanzado
enormemente. En el segundo, no está claro que hayamos avanzado nada, ni
siquiera que el problema esté bien planteado.
La unidad de la experiencia.
¿Cómo surge una vivencia unificada de miles de millones de neuronas
distribuidas? ¿Es realmente unificada, o solo lo parece cuando la recordamos?
La subjetividad. Thomas
Nagel preguntó en 1974 cómo es ser un murciélago. Cincuenta años después,
seguimos sin un método de tercera persona que capture lo que solo existe en
primera persona.
La variabilidad individual.
Casi toda nuestra evidencia son promedios de grupo. Pero las personas difieren
enormemente en capacidad metacognitiva, tolerancia a la ambigüedad y equilibrio
entre automatismo y control. Cuánto de esa variación es genética, cuánto
ambiental y cuánto modificable es, en su mayor parte, terreno inexplorado.
El sesgo WEIRD. La mayor
parte de la investigación se ha hecho con participantes occidentales, educados,
industrializados, ricos y de democracias —Western, Educated, Industrialized,
Rich, Democratic—, que representan una fracción minúscula y atípica de la
humanidad. Joseph Henrich ha documentado que incluso procesos supuestamente
básicos varían entre culturas: la susceptibilidad a la ilusión de Müller-Lyer o
el estilo cognitivo analítico frente al holístico no son universales. Qué parte
de la toma de decisiones es humana y qué parte es cultural sigue siendo una
pregunta abierta.
XII. Conclusión: ni
marionetas ni directores de orquesta
Si tuviera que resumir en pocas
líneas lo que cuatro décadas de investigación han enseñado, diría esto:
Las decisiones no salen de un
sitio. Emergen de la interacción de múltiples sistemas que operan en
paralelo, a distintas escalas temporales y con criterios distintos. No hay un
centro de mando. Hay una negociación permanente.
La mayor parte del trabajo es
invisible. Valoraciones emocionales, cálculos de recompensa, activación de
memorias relevantes, preparación motora: casi todo ocurre antes de que exista
nada parecido a una experiencia consciente de decidir.
Pero la consciencia no es un
adorno. Hace un trabajo específico que ningún módulo automático puede
hacer: integrar información de fuentes dispares, permitir conductas nuevas para
las que no hay rutina, sostener planes a largo plazo y —esto es decisivo—
evaluar y reprogramar los propios procesos.
Emoción y razón no son
rivales. Los casos de lesión ventromedial son la demostración clínica más
clara: la inteligencia intacta sin señal emocional no produce buenas
decisiones. Produce a alguien que puede analizarlo todo y no puede elegir nada.
Nuestros atajos fallan de
forma predecible. Y precisamente porque es predecible, se puede compensar.
No con fuerza de voluntad, sino con procedimientos y con entornos mejor
diseñados.
Nada de esto está congelado.
La práctica deliberada traslada trabajo del control consciente al automatismo,
liberando recursos. El entrenamiento metacognitivo ensancha el hueco entre
estímulo y respuesta. El cerebro con el que decidirás dentro de diez años lo
estás construyendo hoy.
Hay una tentación doble ante
estos hallazgos, y ambas caras son igual de perezosas.
Una es el fatalismo: «si
todo está determinado por mi cerebro, nada de lo que haga importa». Es un non
sequitur. Que tus decisiones tengan causas no significa que no sean tuyas
ni que no tengan efectos. De hecho, es precisamente porque tienen causas por lo
que puedes influir en ellas: si fueran aleatorias, no habría nada que hacer.
La otra es la arrogancia
reduccionista: «somos solo máquinas biológicas». El «solo» hace ahí un
trabajo tramposo. Somos el sistema más complejo que conocemos en el universo
conocido, capaz de construir modelos de sí mismo, descubrir sus propios sesgos
y modificarse a partir de ese descubrimiento. Llamar a eso «solo» una máquina
dice más sobre la pobreza de la palabra que sobre nosotros.
La imagen que emerge de la
neurociencia contemporánea no es la de una marioneta ni la de un director de
orquesta. Es la de un músico que aprendió a tocar sin saber cómo lo aprendió,
que a veces improvisa mejor de lo que podría explicar, que puede escucharse a
sí mismo mientras toca y, con paciencia, corregir lo que oye.
Ese margen —estrecho, real,
entrenable— es todo lo que hace falta.
Y es bastante más de lo que
parecía cuando empezamos a mirar dentro.
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