El cerebro ante el extraño
Qué dice —y qué no dice— la ciencia sobre la xenofobia
M. Sc. Noslen Herrera
Basta con una décima de segundo. Antes de que puedas decidir conscientemente si alguien te cae bien, tu corteza visual ya ha clasificado ese rostro por edad, sexo y grupo étnico. Los registros electroencefalográficos detectan esa discriminación alrededor de los 120 milisegundos, mucho antes de que el pensamiento deliberado entre en escena [1].
Es un dato incómodo, y durante años se ha usado para justificar una conclusión que la evidencia no respalda: que el prejuicio viene de fábrica y que, en el fondo, todos somos un poco xenófobos por diseño biológico.
La historia real es más interesante. El cerebro clasifica compulsivamente, sí, pero qué categorías considera relevantes lo decide la experiencia. Y ese mismo aparato neural que puede sostener el odio hacia el extranjero es el que permite desmontarlo. Este artículo recorre lo que sabemos, lo que creemos saber y lo que ya no podemos seguir afirmando con la ligereza de hace veinte años.
Xenofobia no es exactamente racismo
Conviene empezar por afinar el vocabulario, porque la imprecisión terminológica arruina cualquier análisis posterior.
La xenofobia es el miedo, la desconfianza o la hostilidad hacia quien se percibe como extranjero o ajeno [2]. Su eje es la pertenencia: la nacionalidad, el origen geográfico, el idioma, el estatus migratorio. El racismo, en cambio, organiza la jerarquía en torno a rasgos considerados heredables y agrupados bajo la etiqueta —biológicamente insostenible— de "raza".
La distinción no es un capricho académico. Un ciudadano español puede ser objeto de xenofobia en Alemania sin que medie ninguna diferencia fenotípica. Un ciudadano estadounidense negro puede sufrir racismo en su propio país, donde nadie lo considera extranjero. Y con frecuencia ambos mecanismos se solapan y se alimentan: la retórica antimigratoria suele racializar al migrante, y el racismo suele describir al otro como intrínsecamente extranjero, aunque lleve seis generaciones en el territorio.
Hay una tercera distinción que la ciencia social lleva décadas señalando y que el debate público suele ignorar: preocuparse por la política migratoria no es lo mismo que ser xenófobo. La discusión sobre volúmenes, integración o capacidad institucional es legítima y no se resuelve con etiquetas psicológicas. Confundir el desacuerdo político con la patología del prejuicio es un error analítico —y, además, contraproducente: nada consolida más una posición que sentirse injustamente diagnosticado.
Lo que el cerebro hace ante un rostro desconocido
La amígdala y el mito del "detector de amenazas"
La amígdala es la estructura más citada en esta literatura y también la peor explicada. La versión popular —"el detector de amenazas del cerebro se enciende ante las caras de otra raza"— es una simplificación que la propia investigación ha ido corrigiendo.
El estudio fundacional de Hart y colaboradores, en el año 2000, es más sutil de lo que suele contarse. Su hallazgo principal no fue que la amígdala respondiera más a rostros del exogrupo, sino que respondía de forma similar al principio y luego dejaba de habituarse: la actividad decaía con la repetición ante caras del propio grupo, pero se mantenía ante las del otro [3]. Es decir, el cerebro seguía tratando esos rostros como novedosos, no necesariamente como peligrosos.
Ese mismo año, el equipo de Elizabeth Phelps mostró que la magnitud de la respuesta amigdalina correlacionaba con las puntuaciones en medidas indirectas de prejuicio —no era uniforme entre sujetos— y que el efecto desaparecía cuando los rostros presentados eran de personas negras famosas y bien valoradas [4]. La amígdala no reaccionaba a la piel; reaccionaba a asociaciones aprendidas.
El golpe definitivo a la lectura fatalista llegó con Wheeler y Fiske en 2005. Manipularon la tarea que hacían los participantes mientras miraban las mismas caras. Cuando debían categorizar socialmente a la persona, la amígdala se activaba. Cuando debían juzgar algo individualizador y trivial —si a esa persona le gustaría cierta verdura—, la activación desaparecía [5].
La conclusión es contundente y merece subrayarse: la respuesta neural depende de qué le pides al cerebro que haga con la persona que tiene delante. Ver a alguien como miembro de una categoría o verlo como individuo produce cerebros distintos ante el mismo estímulo.
Añadamos un matiz general que la neurociencia afectiva ha ido consolidando: la amígdala no es un módulo del miedo. Responde a la relevancia motivacional, a la ambigüedad y a la novedad. Llamarla "detector de amenazas" es tan impreciso como llamar "centro del habla" a un área que también procesa gestos y música.
Otras piezas del mapa
Un estudio checo publicado en 2020 encontró que las personas con actitudes xenófobas marcadas hacia los refugiados mostraban mayor actividad en el giro fusiforme —implicado en el reconocimiento facial— al ver esos rostros, sin activación significativa de la amígdala [6]. Es un resultado sugerente, pero conviene tomarlo como una pista y no como una conclusión: se trata de un hallazgo aislado que aún espera replicación independiente, y la neuroimagen social ha aprendido por las malas a desconfiar de los estudios únicos con muestras modestas.
Más sólido —y más inquietante— es el trabajo de Mina Cikara, Matthew Botvinick y Susan Fiske con aficionados al béisbol. Al observar el fracaso del equipo rival, los seguidores mostraban activación en el estriado ventral, la región asociada al procesamiento de recompensa. Y esa activación predecía la disposición autoinformada a agredir a hinchas del otro equipo [7].
Que el daño al rival pueda registrarse como algo gratificante ayuda a entender por qué la hostilidad intergrupal se sostiene sola una vez que arranca: no necesita alimentarse solo de miedo, también se alimenta de placer. Conviene recordar el contexto del experimento: rivalidad deportiva voluntaria, no conflicto étnico. Extrapolar directamente a un genocidio sería ir más lejos de lo que permiten los datos.
Lo que la neurociencia no dice: no estamos cableados para el racismo
Aquí es donde la divulgación suele equivocarse, y el error tiene consecuencias porque desactiva la responsabilidad moral: si el prejuicio es biológico, no hay nada que hacer.
El experimento decisivo lo diseñaron Robert Kurzban, John Tooby y Leda Cosmides en 2001. Partieron de una pregunta evolutiva simple: nuestros ancestros no encontraban personas de otros continentes con la frecuencia necesaria para que la selección natural construyera un detector racial. Lo que sí necesitaban rastrear era coaliciones: quién está conmigo y quién contra mí.
Su predicción era que la raza no sería una categoría privilegiada, sino un indicador circunstancial de alianza. Al presentar a los participantes un escenario donde la afiliación a un equipo cruzaba las líneas raciales, la codificación por raza se desplomó en cuestión de minutos [9]. La categoría que el cerebro consideraba relevante se reorganizó ante la nueva información sobre alianzas.
Los datos del desarrollo apuntan en la misma dirección. Los recién nacidos no muestran preferencia por rostros de su propio grupo; esa preferencia aparece hacia los tres meses, y correlaciona con la exposición visual que el bebé ha tenido [10]. No es innata: se aprende, muy temprano y muy rápido.
Traducido: lo universal es la tendencia a formar grupos y a favorecer al propio. Qué línea divide "nosotros" de "ellos" es una construcción cultural, y por eso puede modificarse.
Cuatro experimentos clásicos, leídos con ojo crítico
La psicología social documentó estos mecanismos décadas antes de que existiera la resonancia magnética funcional. Pero los estudios clásicos se citan a menudo en su versión de libro de texto, sin las objeciones que han acumulado. Un divulgador honesto tiene que incluirlas.
Robbers Cave (Sherif, 1954). Muzafer Sherif dividió a un grupo de niños en un campamento de verano en dos equipos —Águilas y Cascabeles—, introdujo competencia por recursos limitados y vio escalar la hostilidad hasta las incursiones nocturnas y las peleas. Después demostró que las metas superordinadas —arreglar juntos el suministro de agua, remolcar un camión averiado— disolvían la enemistad. De ahí nace la teoría del conflicto realista [11].
La objeción: la investigación de archivo de Gina Perry reveló que Sherif había realizado un estudio previo, en 1953, donde los niños se negaron a pelearse y unieron fuerzas contra los adultos. Ese estudio nunca se publicó. También documentó que el equipo intervino activamente para estimular la hostilidad en Robbers Cave [12]. El experimento sigue siendo instructivo, pero es menos una demostración limpia de la naturaleza humana que una lección sobre cómo un diseño puede empujar hacia el resultado esperado.
Paradigma del grupo mínimo (Tajfel, 1971). Tajfel buscó la condición mínima para que apareciera el favoritismo. Asignó a los participantes a grupos mediante criterios triviales —preferir a Klee o a Kandinsky— sin interacción, historia ni competencia. Aun así, repartieron las recompensas favoreciendo a los suyos, y llegaron a sacrificar ganancia absoluta con tal de maximizar la diferencia a favor de su grupo [13]. De ahí surge la teoría de la identidad social: parte de nuestra autoestima se apoya en la pertenencia grupal.
Es uno de los efectos más replicados de la disciplina. La discusión abierta no es si ocurre, sino por qué: si refleja una necesidad identitaria o la aplicación de una norma implícita de equidad grupal en una situación deliberadamente vacía de otras pistas.
Ojos azules / ojos marrones (Elliott, 1968). Al día siguiente del asesinato de Martin Luther King Jr., la maestra Jane Elliott dividió a su clase de tercer grado de Riceville, Iowa, por el color de ojos, declaró superior a un grupo y le concedió privilegios, y al día siguiente invirtió los papeles. En cuestión de minutos los "superiores" se volvieron altivos y crueles; los "inferiores", retraídos [14].
Hay que decirlo con claridad: esto no fue un experimento. No hubo grupo control, ni medición sistemática, ni consentimiento informado, y las observaciones sobre rendimiento académico son anecdóticas. Su valor es demostrativo y pedagógico, no probatorio. Y planteó problemas éticos serios: se infligió sufrimiento real a menores sin su consentimiento ni el de sus familias. Merece figurar en cualquier relato de este tema —pero como testimonio, no como dato.
El efecto del contacto (Allport, 1954, en adelante). Menos espectacular y mucho mejor sustentado. Allport propuso que el contacto entre grupos reduce el prejuicio bajo ciertas condiciones: estatus igualitario, metas comunes, cooperación y apoyo institucional. El metaanálisis de Pettigrew y Tropp, con 515 estudios y unos 250.000 participantes, confirmó que el contacto reduce el prejuicio de forma consistente, y que lo hace incluso cuando las condiciones de Allport no se cumplen del todo, aunque el efecto es mayor cuando sí [15].
Es, con diferencia, el hallazgo más robusto de todo este campo.
Ecos en la historia
Los mecanismos anteriores describen predisposiciones. La historia muestra qué ocurre cuando se explotan sistemáticamente.
El Holocausto (1933-1945). El régimen nazi construyó durante años un aparato de propaganda destinado a deshumanizar a la población judía, presentarla como parásito y amenaza existencial, y responsabilizarla del colapso económico [16]. La deshumanización precedió a la maquinaria de exterminio; no fue un subproducto de ella.
La Ley de Exclusión China (EE. UU., 1882). Xenofobia económica en estado puro. En plena depresión, los trabajadores chinos —traídos décadas antes para construir el ferrocarril— fueron acusados de robar empleos y hundir salarios. La ley prohibió su inmigración y codificó el prejuicio en el ordenamiento jurídico durante sesenta años [17].
El Apartheid en Sudáfrica (1948-1994). La categorización llevada a su conclusión burocrática: una legislación que clasificaba a las personas por raza y organizaba en torno a esa clasificación el territorio, el trabajo, la educación y el matrimonio.
El genocidio de Ruanda (1994). En cien días fueron asesinadas alrededor de 800.000 personas, en su mayoría tutsis. La radio RTLM había pasado meses llamándolos inyenzi, "cucarachas". El economista David Yanagizawa-Drott aprovechó la irregularidad de la cobertura radiofónica, causada por el relieve montañoso, para estimar su efecto: las aldeas con mejor recepción registraron una participación significativamente mayor en la violencia, y calculó que la emisora fue responsable de alrededor del 10 % de la violencia total [18].
Es uno de los pocos casos donde el impacto de la propaganda de odio pudo cuantificarse con un diseño casi experimental. Y el patrón que revela se repite: crisis económica o política, un grupo vulnerable convertido en explicación del malestar, un discurso que lo despoja de humanidad, y una autoridad que legitima el paso a la acción.
Cuando la xenofobia se convierte en herramienta política
La predisposición a desconfiar del extraño no produce catástrofes por sí sola. Necesita ser organizada.
El politólogo Cas Mudde define el populismo como una ideología de "núcleo delgado" que divide a la sociedad en dos campos homogéneos y antagónicos —el pueblo puro frente a la élite corrupta— y sostiene que la política debe expresar la voluntad general [19]. Jan-Werner Müller añade el rasgo que lo vuelve peligroso para el sistema democrático: el antipluralismo, la pretensión de representar en exclusiva al pueblo auténtico, lo que convierte automáticamente a la oposición en ilegítima.
Cuando ese esquema incorpora al extranjero como segundo antagonista, el mecanismo se completa: el chivo expiatorio ofrece una explicación simple para problemas complejos —desempleo, inseguridad, vivienda, presión sobre los servicios públicos— y canaliza una frustración que tiene causas reales hacia un destinatario que rara vez las provoca.
Las consecuencias institucionales están razonablemente documentadas: deslegitimación de los contrapesos —judicatura, prensa, organismos independientes—, restricción de garantías procesales bajo argumento de emergencia, y normalización del discurso de odio, que al provenir de figuras con autoridad reduce el coste social de expresarlo y de actuar en consecuencia.
Un apunte de honestidad intelectual: estos mecanismos no son propiedad de ninguna familia política concreta. La lógica de "nosotros auténticos contra ellos ilegítimos" ha operado en regímenes de distinto signo a lo largo del siglo XX, y el análisis pierde valor explicativo en cuanto se convierte en arma de un bando.
El precio, para todos
Para quienes lo sufren, el coste está bien medido. El metaanálisis de Yin Paradies y colaboradores, sobre 293 estudios, encontró asociaciones consistentes entre la exposición al racismo y la discriminación y peor salud mental —depresión, ansiedad, estrés psicológico— con efectos también detectables sobre la salud física [20]. A eso se suman el autoaislamiento, el ocultamiento de la identidad y el repliegue de la vida cívica.
Para el conjunto de la sociedad, el precio es menos visible pero igual de real: erosión de la confianza social —un insumo básico de cualquier economía y cualquier democracia—, pérdida de talento, aumento de delitos de odio y una menor capacidad colectiva para afrontar cualquier otra crisis. Una sociedad fracturada responde peor a una pandemia, a una recesión o a una catástrofe natural.
Qué funciona de verdad
Aquí es donde hay que ser especialmente riguroso, porque el campo de la reducción de prejuicios ha sufrido una corrección importante en la última década.
La intervención de Devine y el "hábito del prejuicio"
Patricia Devine y su equipo desarrollaron un programa que trata el sesgo implícito como un hábito: reconocerlo, motivarse para cambiarlo y aplicar estrategias concretas —individuación, toma de perspectiva, contacto intergrupal, sustitución de estereotipos—. En un estudio longitudinal de doce semanas, los participantes redujeron sus puntuaciones de sesgo implícito de forma sostenida [21].
La corrección necesaria
Pero el propio equipo de Devine coordinó después el metaanálisis que obliga a matizar todo esto. Forscher, Lai, Devine, Nosek y colegas revisaron 492 estudios y encontraron que, si bien es posible mover las medidas implícitas, esos cambios no se traducen de manera fiable en cambios de conducta [22]. A ello se suma que el Test de Asociación Implícita predice la discriminación real con una correlación modesta y tiene una fiabilidad test-retest limitada [23].
No significa que el sesgo implícito no exista. Significa que los talleres de una tarde sobre sesgo inconsciente son, con la evidencia disponible, un instrumento débil, y que hay que mirar hacia intervenciones más profundas.
Lo que sí sostiene la evidencia
Contacto intergrupal sostenido. El efecto mejor replicado del área, especialmente con estatus igualitario y cooperación real [15].
Metas superordinadas. El descubrimiento más útil de Sherif: cuando dos grupos necesitan al otro para lograr algo que ninguno alcanza solo, la hostilidad se disuelve sin necesidad de discursos [11].
Individuación. Tratar y presentar a las personas como individuos con biografía propia, no como ejemplares de una categoría. Es el hallazgo de Wheeler y Fiske llevado a la práctica [5].
Conversación profunda y toma de perspectiva. El experimento de campo de David Broockman y Joshua Kalla, con voluntarios que mantenían conversaciones de unos diez minutos puerta a puerta invitando a recordar una experiencia propia de discriminación, redujo la transfobia con efectos que persistían tres meses después [24]. Diez minutos bien empleados superaron a intervenciones mucho más costosas.
El denominador común de lo que funciona es que exige tiempo, contacto y esfuerzo cognitivo real. Lo que falla es lo rápido, lo declarativo y lo que se hace para poder decir que se hizo algo.
Conclusión
La neuroplasticidad no es una fórmula mágica ni una promesa de redención automática. Es, simplemente, la constatación de que los circuitos que sostienen el prejuicio son los mismos que se reconfiguran con la experiencia, y de que la corteza prefrontal —esa capa de gobierno lento sobre reacciones rápidas— puede aprender a hacerlo mejor.
La evidencia dibuja un cuadro exigente. El cerebro categoriza sin permiso, pero no decide por sí solo dónde trazar la frontera. La hostilidad intergrupal aparece con una facilidad alarmante, pero se disuelve cuando los grupos se necesitan mutuamente. El sesgo implícito es real, pero no se corrige con seminarios. Y la historia deja poco margen para el optimismo ingenuo sobre lo que ocurre cuando estos mecanismos se explotan desde el poder.
Ninguna de estas conclusiones nos exime. Al contrario: si el prejuicio fuera inevitable, no habría nada que reprochar. Precisamente porque el cerebro es plástico, lo que hacemos con nuestras primeras reacciones —y con las instituciones que las amplifican o las contienen— es responsabilidad nuestra.
La xenofobia no es un destino. Es un hábito. Y los hábitos, aunque con más trabajo del que nos gustaría, se cambian.
Referencias
[1] Ito, T. A., & Urland, G. R. (2003). Race and gender on the brain: Electrocortical measures of attention to the race and gender of multiply categorizable individuals. Journal of Personality and Social Psychology, 85(4), 616–626.
[2] American Psychological Association. (2018). APA Dictionary of Psychology. https://dictionary.apa.org/xenophobia
[3] Hart, A. J., Whalen, P. J., Shin, L. M., McInerney, S. C., Fischer, H., & Rauch, S. L. (2000). Differential response in the human amygdala to racial outgroup vs ingroup face stimuli. NeuroReport, 11(11), 2351–2355.
[4] Phelps, E. A., O'Connor, K. J., Cunningham, W. A., Funayama, E. S., Gatenby, J. C., Gore, J. C., & Banaji, M. R. (2000). Performance on indirect measures of race evaluation predicts amygdala activation. Journal of Cognitive Neuroscience, 12(5), 729–738.
[5] Wheeler, M. E., & Fiske, S. T. (2005). Controlling racial prejudice: Social-cognitive goals affect amygdala and stereotype activation. Psychological Science, 16(1), 56–63.
[6] Kesner, L., Fajnerová, I., Adámek, P., Buchtík, M., & Horáček, J. (2020). Fusiform activity distinguishes between subjects with low and high xenophobic attitudes toward refugees. Frontiers in Behavioral Neuroscience, 14, 98.
[7] Cikara, M., Botvinick, M. M., & Fiske, S. T. (2011). Us versus them: Social identity shapes neural responses to intergroup competition and harm. Psychological Science, 22(3), 306–313.
[8] Harris, L. T., & Fiske, S. T. (2006). Dehumanizing the lowest of the low: Neuroimaging responses to extreme out-groups. Psychological Science, 17(10), 847–853.
[9] Kurzban, R., Tooby, J., & Cosmides, L. (2001). Can race be erased? Coalitional computation and social categorization. PNAS, 98(26), 15387–15392.
[10] Kelly, D. J., Quinn, P. C., Slater, A. M., Lee, K., Gibson, A., Smith, M., Ge, L., & Pascalis, O. (2005). Three-month-olds, but not newborns, prefer own-race faces. Developmental Science, 8(6), F31–F36.
[11] Sherif, M., Harvey, O. J., White, B. J., Hood, W. R., & Sherif, C. W. (1961). Intergroup conflict and cooperation: The Robbers Cave experiment. University of Oklahoma Book Exchange.
[12] Perry, G. (2018). The lost boys: Inside Muzafer Sherif's Robbers Cave experiment. Scribe.
[13] Tajfel, H., Billig, M. G., Bundy, R. P., & Flament, C. (1971). Social categorization and intergroup behaviour. European Journal of Social Psychology, 1(2), 149–178.
[14] Peters, W. (1987). A class divided: Then and now (ed. ampliada). Yale University Press. Véase también el documental A Class Divided, PBS Frontline (1985).
[15] Pettigrew, T. F., & Tropp, L. R. (2006). A meta-analytic test of intergroup contact theory. Journal of Personality and Social Psychology, 90(5), 751–783.
[16] United States Holocaust Memorial Museum. Introduction to the Holocaust. https://encyclopedia.ushmm.org/content/en/article/introduction-to-the-holocaust
[17] National Archives. Chinese Exclusion Act (1882). https://www.archives.gov/milestone-documents/chinese-exclusion-act
[18] Yanagizawa-Drott, D. (2014). Propaganda and conflict: Evidence from the Rwandan genocide. The Quarterly Journal of Economics, 129(4), 1947–1994.
[19] Mudde, C. (2004). The populist zeitgeist. Government and Opposition, 39(4), 541–563. Véase también Müller, J.-W. (2016). What is populism? University of Pennsylvania Press.
[20] Paradies, Y., Ben, J., Denson, N., Elias, A., Priest, N., Pieterse, A., Gupta, A., Kelaher, M., & Gee, G. (2015). Racism as a determinant of health: A systematic review and meta-analysis. PLoS ONE, 10(9), e0138511.
[21] Devine, P. G., Forscher, P. S., Austin, A. J., & Cox, W. T. L. (2012). Long-term reduction in implicit race bias: A prejudice habit-breaking intervention. Journal of Experimental Social Psychology, 48(6), 1267–1278.
[22] Forscher, P. S., Lai, C. K., Axt, J. R., Ebersole, C. R., Herman, M., Devine, P. G., & Nosek, B. A. (2019). A meta-analysis of procedures to change implicit measures. Journal of Personality and Social Psychology, 117(3), 522–559.
[23] Oswald, F. L., Mitchell, G., Blanton, H., Jaccard, J., & Tetlock, P. E. (2013). Predicting ethnic and racial discrimination: A meta-analytic test of the IAT. Journal of Personality and Social Psychology, 105(2), 171–192.
[24] Broockman, D., & Kalla, J. (2016). Durably reducing transphobia: A field experiment on door-to-door canvassing. Science, 352(6282), 220–224.